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Sexo con mi esposa culona a cuatro patas - esposos. El segundo día llamé al cubano para almorzar juntos, ella no lo sabía y cuando lo vio llegar no supo qué hacer su cara mostraba sorpresa, vergüenza, molestia pero también algo de agrado, él por su parte, pareció estar muy contento de conocer a mi mujer. Dijo llamarse Ernesto Santa María, era ingeniero electrónico, y trabajaba para una empresa de energía, que era venezolano, pero llevaba 5 años en Cuba.

Parecía un buen tipo, muy educado, hablaba bastante y era muy divertido, mi mujer casi no hablaba y lo miraba de reojo. Era bien parecido, del gusto de las mujeres.

Dijo ser separado, a su mujer no le gustó Cuba y se volvió a Venezuela. Fue un extraño, pero agradable almuerzo, nunca hablamos sobre lo que nos reunió, pareció que no lo hablaríamos nunca cuando mi mujer dijo: Dicho ésto, simplemente nos despedimos.

Durante la tarde, mi mujer y yo fuimos de compras, artesanías y cosas típicas, pero yo sin saber qué hacer, no recuerdo qué compramos. Fui a la ducha después de ella y vi sus bragas junto al resto de su ropa, estaban empapadas, nunca dejó de pensar en Ernesto, torpemente le hice saber mi impresión y se molestó, no tuvimos sexo y casi no dormí en toda la noche, yo creo que ella tampoco.

El tercer día en La Habana, ya no me pareció necesario, mi mujer no había enganchado con Ernesto y yo no la vería cogiendo con otro. Temprano en la mañana del tercer día, Ernesto nos llamó al hotel para invitarnos a almorzar y ofrecerse de guía y recorrer la ciudad, los mejores lugares, los que no conocen los turistas, me dijo. Le pregunté a mi mujer y puso cara de espanto, pero luego dijo, ok, salgamos a conocer. Mi corazón casi se me sale, se renovaban mis esperanzas.

Ernesto iba de pantalón y camisa de lino color pastel, se veía muy relajado y cómodo, recién afeitado y bien perfumado. Almorzamos no sé qué, Ernesto intentó pagar la cuenta, pero no acepté. Al atardecer nos llevó al hotel, le invité a tomar un ron cubano con nosotros, nos recomendó el mejor. Necesité ir al baño y cuando lo hice vi que él se sentaba junto a ella y le hablaba muy cercanamente y le tomaba la mano, ella no se apartaba.

Ernesto llegó al baño y me confesó lo caliente que mi mujer lo tenía, que quería coger con ella, que si yo creía que pasaría algo. Firmamos el recibo del bar y esperamos a Ernesto, cuando llegó nadie dijo nada, sólo caminamos al ascensor, mi mujer no dijo nada cuando él entró tras nosotros.

Ernesto salió del baño sólo con una toalla amarrada a la cintura, luciendo un bronceado y cuidado cuerpo, mi mujer se sonrojó y casi como que huyó al baño, al pasar frente a Ernesto él le rozó la mano y se miraron con una complicidad que me angustió, ella sin habla, fue al baño a ducharse y sacarse el sudor, mientras tanto, Ernesto y yo acordamos que ella diría lo que sí y lo que no pasaría esa tarde.

Es mi turno dije, entré a la ducha con una erección que me dolía, el minuto que estuve bajo el agua, me pareció un siglo, mientras me secaba vi, junto al bolso de mi mujer, las bragas que llevaba ese día, al parecer se duchó con ellas porque estaban muy mojadas en la entrepierna, las olí con descaro y como saben, el olor del sexo caliente de una mujer es el mejor afrodisíaco que existe.

Me dije, salió sin bragas, la suerte estaba hechada, y parece que a mi favor. Ellos continuaron sin notar mi presencia, mientras se besaban, él le sacó la camiseta y mi mujer maniobraba los pies para apartar el pantalón, sin parar de masturbarlo y besarlo. Los quejidos de placer de mi mujer ahogaron todo sonido.

Mi mujer no me miró, no quería romper el momento, no quería que le dijera no, que le reprochara su actitud, que le quitara ese placer. Ya en la cama continuaron con el lujurioso beso, de entrega total, cómplice, de placer carnal. Ya puesto, él se fue encima de ella, que abrió las piernas sin resistencia, se abrazó a él con una mano, mientras con la otra dirigía esa enorme polla a su dispuesto coño.

Ernesto comenzó a besarla nuevamente y con delicadeza empujo sus caderas, su lubricada vagina estaba esperando, pero no había recibido nunca una polla así de grande, el grito de sorpresa y dolor evidenció esa verdad.

Ernesto lo notó y se retiró, pero ella lo tomó del trasero y lo empujó hacia su entrepierna nuevamente. La escena superaba mis expectativas, mi mujer estaba con otro y gozaba sin remordimientos, cogía con ese desconocido como si yo no existiera. Mientras tanto yo masajeaba mi polla, pero suavemente para no eyacular tan pronto, porque con lo caliente que estaba eso era seguro. No paraba de quejarse y mover sus caderas para recibir y recibir.

Ernesto bajó el ritmo y la dejó recuperar el aliento, luego sacó su polla enorme, hinchada, con latidos propios, y giró a mi mujer, se sentó en sus piernas y le abrió el culo, ella creyendo que le meterían ese enorme pedazo de carne, le dijo, mi culo no, no me atrevo; no te preocupes hermosa, le dijo, y metió su polla nuevamente en su rojo coño, ella comenzó a levantar las caderas para provocar una mayor penetración y sentir toda esa carne. Mi mujer pareció orgullosa de haberle dado placer a ese macho y seguía moviendo suavemente sus caderas como masajeando la polla de Ernesto con las paredes de su vagina.

Siguieron así un momento, que a mí me pareció eterno, como no queriendo separarse. El calor en la habitación era insoportable, el aire acondicionado funcionaba, pero no tenía la potencia para bajar la temperatura de un macho y una hembra teniendo sexo desenfrenado.

Yo por mi parte algo de calor generaba. El aire no sólo era caliente sino también denso, lleno de hormonas sexuales, olor a fornicación. Ernesto se recostó a un lado de mi mujer, que se mantuvo boca abajo como somnolienta por el placer recibido y con sus piernas abiertas, dejando a mi vista la erótica imagen de su coño enrojecido e hinchado.

Luego de un rato, él se levantó al baño, yo no me atrevía a hacer nada. Mi mujer también se levantó y fue donde yo estaba, intentó besarme, pero no acepté, intentó abrir sus piernas y meter mi polla en su coño, pero tampoco acepté, luego tomó mi polla y comenzó a pajearme, la chupó con energía, y no pude evitar eyacular ferózmente, en su boca cuando acariciaba mis bolas con una de sus manos. Al volver Ernesto, mi mujer entró al baño, había recogido su pantalón y camiseta y se los llevó, nos miramos con Ernesto y supusimos que el sexo se había terminado, a mí no me molestaba, ya había visto suficiente, cuando Ernesto buscaba su ropa, mi mujer salió del baño, con su braguita y camiseta puestas, se acabó dije yo y me metí a la ducha.

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Ernesto iba de pantalón y camisa de lino color pastel, se veía muy relajado y cómodo, recién afeitado y bien perfumado. No paraba de responder que no lo necesitaba, que por excitante que fue, no pretendía repetirlo. Esposa da una mamada caliente y juega con la corrida. Durante la tarde, mi mujer y yo fuimos de compras, artesanías y cosas típicas, Cornudo gozada, pero yo sin saber qué hacer, no recuerdo qué compramos. Tal vez, tampoco quería borrar la huella que Cornudo gozada verga de Ernesto dejó en su interior. Esposa candente satisfaciendo con su fusta. Cornudo gozada

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